Aracelium, el último reducto cántabro que cayó en manos de los romanos, ha sido localizado por un grupo de arqueólogos. Y junto a él, los campamentos desde donde Augusto, primero, y Cayo Antistio, después, asediaron a los inexpertos montañeses. Era el año 25 a.C.
Corría el año 25 a.C. Los romanos dominaban prácticamente toda la Península, pero en la fortaleza de Aracelium los últimos restos de fuerzas cántabras resistían a duras penas. Extenuados, acabaron por entregar las armas y sucumbieron al poder de Roma. Hoy, más de 2.000 años después, este mítico bastión de la lucha contra Roma acaba de ser descubierto, junto con los campamentos romanos de Cildá, El Cantón y Las Cercas, por un equipo de arqueólogos. Eduardo Peralta, Federico Fernández y Roberto Ayllón han logrado -tras dos años de duro trabajo en las sierras centrales de Cantabria y meses de prospecciones y sondeos por los valles de Besaya y el Pas- cubrir una de las lagunas que aún tenía nuestra historia: la de las guerras que sostuvieron cántabros y romanos en el siglo I a.C, con Augusto como emperador. Había llegado a la península en el 26 a.C. Apenas un año después, el último reducto cántabro caía en manos romanas.
Augusto asumió el mando de las operaciones bélicas y se instaló en Tarraco, donde constituyó, provisionalmente, la capital del Imperio. Pronto, la fachada atlántica se reveló como uno de los objetivos predilectos del emperador. Pero la geografía no le acompañaba. Los territorios ocupados por astures y cántabros estaban en zonas montañosas, más que propicias para las emboscadas de la guerrilla. Aparentemente, se trataba de un lugar poco adecuado para las tareas del ejército imperial. De hecho Augusto tuvo que esforzarse con los preparativos, resolver el problema del avituallamiento y mentalizar a sus tropas para una guerra de ocupación y desgaste sin batallas decisivas. El abastecimiento se dirigía por vía marítima desde Aquitania. Augusto estableció su campamento en Segisamópn (Sasamón, Burgos). Desde allí, iniciaría el ataque directamente contra Cantabria, ayudado por su legado Cayo Antistio Vetus. La lucha fue cruenta y difícil. Los indígenas cántabros rehuían el enfrentamiento, resguardándose en sus montes, desde donde acosaban a los romanos. Pero Augusto enfermó y se retiró a Tarraco, confiándole a Antistio Vetus la dirección de esta guerra. Fue él quien realmente puso fin a la contienda y quien dirigió el asedio desde los campamentos de Cildá, El Cantón y Las Cercas, también localizados por este grupo de arqueólogos junto a la fortaleza de Aracelium y repartidos entre los términos municipales de Corvera de Toranzo, Luena, Molledo, Arenas de Iguña, San Felices de Buelna y Puente Viesgo. Eduardo Peralta, doctor en protohistoria y director de las excavaciones, asegura que son campamentos únicos en el mundo y comparables con los de Alesia (Francia).
Desde ellos, los romanos acometieron Aracelium. El principal atractivo de esta fortificación, allá por el 25 a.C., era su privilegiada situación estratégica. Por eso, cuando lograron hacerse con la fortaleza, instalaron una guarnición de vigilancia para prevenir futuras insurrecciones y construyeron un barracón militar, considerado como el edificio romano más antiguo de toda Cantabria. Además, desde allí los romanos tenían acceso a los valles de la vertiente costera.
Puntas de proyectil de catapulta, denarios romanos y restos de molinos encontrados en el recinto, permiten situar el yacimiento en los momentos finales de la República. Pero lo más espectacular del campo de operaciones descubierto son los campamentos y atrincheramientos donde los romanos se instalaron para someter a los cántabros. El principal, del que existen muy pocos ejemplos en el mundo, es el de Cildá. Presenta un sistema defensivo a base de terraplenes y fosos y, curiosamente, sus características constructivas coinciden con las de un campamento descrito por Pseudo-Hyginio en una obra del siglo II d.C. En él debió de instalarse, junto a los 5.000 hombres que formaban la legión, el general romano Cayo Antistio, una vez que Augusto, enfermo, se retiró y le encargó la dirección de la ofensiva contra los indígenas cántabros. Hoy, este campamento, gracias a que ha sido preservado de labores agrícolas y replantaciones forestales, se encuentra en un excelente estado de conservación, dispone de una estructura defensiva de terraplenes y fosos y, según Peralta, se trata de una obra realizada por agrimensores -especialistas en la medición de tierras-. El segundo de los campamentos descubiertos, El Cantón, es más pequeño que el de Cildá, pero tiene la misma vocación defensiva. Su perímetro, de forma ovalada, pudo dar cabida a dos cohortes de infantería (800 hombres) o un ala quingentésima (500 hombres). A alguno de ellos tuvo que pertenecer la punta de pilum (lanza de legionario), la caligae -tachuela de las sandalias romanas- o el pequeño tesoro de nueve denarios republicanos de la época de Julio César y Pompeyo que se han encontrado en el interior del recinto.
El último campamento, el de Las Cercas, es el de más reciente localización. Fue hallado el pasado otoño. En sus 28 hectáreas se han encontrado objetos curiosos. Desde estos tres recintos los romanos planificaron su, a la postre, efectivo asedio, táctica en la que eran verdaderos expertos. ¡Qué se lo digan a la Numancia celtíbera, la Massada judía o la Alesia gala! Pueblos que han pasado a la historia por su tenaz, pero infructuosa resistencia y que han acabado convirtiéndose en mito y paradigma nacionalista de sus respectivos países.
El pueblo de conquistadores y megalómanos por excelencia, el romano, hizo de la guerra un arte. No sólo eran especialistas en extenuar al enemigo; además, dominaban como nadie el despliegue de estructuras defensivas, con las que protegían la retaguardia de su ejército.
Precisamente en desentrañar los grandes rasgos de su estrategia de defensa es donde se concentra, por el momento, el equipo de arqueólogos dirigido por Eduardo Peralta. Ante ellos tienen un complicado rompecabezas que algún día esperan encajar.