Los límites de la patria de los Cántabros son muy difusos, llegando a adentrarse mucho en la Meseta Castellana. El territorio cántabro se hallaba a su vez dividido en pequeñas regiones, como Vellica o Moreca al oeste.
En el suroeste reinaban los cántabros tamáricos, de la región de Tamárica o Camárica. Esta zona se localiza entre el noroeste palentino y el noreste leonés. Son muy pocas las cosas conocidas de este lugar y época, pues los historiadores romanos se negaron a transcribir las ricas leyendas, tradiciones y topónimos cántabros, escudados muchas veces en lo cacofónico que les resultaba el idioma hablado por aquellas gentes. La capital de la Tamárica es un lugar nunca encontrado, pero que se suele asociar al valle del Carrión, entre la Villa de Guardo y Velilla del Río Carrión, en la porción occidental de la Montaña Palentina. Era precisamente al norte de la Tamárica, donde Plinio el Viejo nos relató un fenómeno natural muy curioso:
'...Las Fuentes Tamáricas en Cantabria sirven de augurio. Son tres, a la distancia de ocho pies. Se juntan en un solo lecho, llevando cada una gran caudal. Suelen estar en seco durante doce días y, a veces, hasta veinte, sin dejar ninguna señal de agua, mientras que otra fuente contigua sigue manando sin interrupción y en abundancia. Es de mal agüero intentar verlas cuando no corren, como le sucedió poco ha al legado Larcio Licinio, quien, después de su pretura, fue a verlas cuando no corrían, y murió a los siete días...'
Durante muchos siglos, después del Imperio, se buscó la localización de estas fuentes, sin lograr nunca un resultado positivo. Hubo que esperar al siglo XVIII, momento en el que entra en escena en erudito P. Enrique Flórez, quien las situó a doce leguas al oriente de León, al lado de la Ermita de San Juan de las Fuente Divinas, Velilla del Río Carrión. En época de Flórez, no quedaba más resto que un arco semienterrado en la tierra, presumiblemente de origen romano, y una serie de surgencias de agua a modo de fuentes. Las Fuentes Tamáricas se intentaron localizar en multitud de lugares, desde La Rioja a Vitoria, pasando por Asturias y León. Pero no hay ninguna otra fuente en el norte de España que coincida con el extraño comportamiento descrito por Plinio el Viejo.
Los únicos vestigios arqueologícos del lugar, anteriores a estas excavaciones eran, un ara romana y una inscripción funeraria, además de los cercanos restos de dos acueductos para la minería del oro, conocidos hoy como Camino de los moros y Camino Griego, esculpidos por los menesterosos romanos en la roca de las montañas cercanas. Las fuentes y la ermita cercana se encuentran en la entrada sur de Velilla, en un amplio prado del paraje conocido como La Serna, vigiladas de cerca por las dos inmensas moles pétreas de Peña Mayor y Peña Lugar.
Los arqueólogos se encontraron con una especie de estanque, cuyas obras datan de 1.935, basado en viejos sillares sumergidos bajo las aguas y los materiales aluviales acumulados por el tiempo, por donde surgen las aguas en medio de grandes burbujas. Se veía también el arco de sillería semienterrado, y los restos de otros dos aparecieron en la posterior excavación.
Cuando los trabajos de investigación finalizaron, se construyeron dos pequeños arcos nuevos, para acompañar al añejo, para dar una mejor impresión del conjunto a los visitantes. Los tres arcos originales, hoy casi a nivel del suelo, fueron en tiempos del Imperio los soportes de una cubierta a dos vertientes, con probabilidad de madera, que convertían al conjunto en un recinto cerrado para los baños de inmersión, lavadero y augurio. La reconstrucción ideal es muy similar, curiosamente, a la imagen de una fuente salutífera consagrada a la Nimpha Umeritana, que se puede ver en la famosa pátera argéntea descubierta en el siglo XIX en las cercanías de Otañes, Cantabria. Hay algún estudioso local que ha sugerido la pertenencia de las fuentes a unas termas asociadas a una palestra o campo atlético de la explanada. No hay pruebas de ello.
El conjunto pudo muy bien ser un templo dedicado a alguna deidad de las aguas, donde se proclamaban predicciones basándose en el irregular ciclo de las aguas. Los resultados materiales de las excavaciones fueron muy escasos. Restos de cerámica medieval de tradición local, puntas de flecha ahuecada, una estela hispano-romana y varias monedas acuñadas en la época del Emperador Tiberio.