
El tejo o teju común (Taxus Bacata Linnaeus, de la familia de Las Taxaceae) es un árbol que crece y se desarrolla en Cantabria de una manera espontánea (autóctono) por toda ella; en las laderas sombrías, barrancos y hondonadas de las montañas, expuestas al norte, procurando evitar el estar a pleno sol. Prefieren los suelos calizos.
El tronco es fuerte. La corteza es delgada, marrón rojiza y después se vuelve escamosa. Las ramas, muy extendidas, bastante horizontales y muy abiertas, masculinas y femeninas, están en distintos árboles. Las masculinas, con numerosos estambres, forman globitos amarillos, y las femeninas están constituidas por un solo rudimento seminal que, cuando maduran (fruto) forman un arilo carnoso viscoso y de coloración rojiza muy viva.
Es de crecimiento lentísimo y puede vivir más de 1.000 años.
Todos los órganos del tejo son extremadamente tóxicos: raíces, ramas, hojas, semillas, etcétera, y lo único inocuo, que no tiene toxina (alcaloidevenenoso) es el arilo carnoso y encarnado (fruto), pero quitándole las semillas.
Ya nos dice Estrabón cómo nuestros antepasados los Cántabros usaban el teju, que llevaban siempre consigo, para entregarse de tal manera a su jefe que prometían no sobrevivirle, muriendo con él si era necesario. Quizás sea el Árbol mítico más representativo de Cantabria.
El tejo fue un árbol sagrado para los Celtas, y en especial para los cantabros. Los druidas con sus ramas hacían bastones "mágicos" y con palillos de tejo adivinaban el futuro.
La llegada del cristianismo no cambió este aura mística del tejo. Los cristianos, a menudo construyeron sus iglesias y cementerios al lado de tejos que ya habían sido sagrados para los Celtas. La leyenda cuenta que las raices de los tejos, llegan a bocas de los cadáveres, simbolizando la vida en la boca de la muerte.