| Junto a las fuentes del Ebro
oigo el cantar de sus aguas
iniciando, peregrinas,
su camino por España.
Canto viejo, canto recio,
notas de voces muy bravas,
de contrapuntos telúricos
que en tu seno se gestaran,
Señora Madre del Ebro,
Madre y Señora Cantabria.
Madre del canto sublime,
del cántico hecho arma,
que el cántabro, por buen hijo,
interpreta con el alma.
Ecos de un tiempo en que Roma
-luego madre, ahora tirana-
no señoreaba el mundo:
Tú, Cantabria, lo negabas
con el bravo genio y temple
indómito de La Montaña
libérrima, de tus gentes
con el alma bien armada.
Cántabros que, si vencidos
por las águilas romanas,
en las cruces suspendidos,
con valor sobrevolaban
las victorias y derrotas
con gesto de gesta humana.
Que puede ser derrotado
el guerrero en la batalla,
y triunfar aún el hombre
de alma egregia y templada
en la entrega de la vida,
por el amor a la Patria.
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Que del amor sólo, nacen
esos himnos que entonaban
tus hijos crucificados;
mostrando en su voz quebrada
que, derrotado el guerrero,
al hombre le sobra alma
que sobreponer al miedo
al tormento, a la desgracia,
para vencer con la muerte;
y que muriendo, triunfara
en la admiración de Roma,
en la admiración humana,
en el ejemplo a la Historia
y en el amor a la Patria.
Madre del brío indomable,
libérrima mi Cantabria.
Madre primera del arte
en la roca altamirana.
Madre del ibero río
generoso, cuyas aguas
dieron el nombre de Iberia
a toda la tierra hispana.
Madre del arte y la Fe
que la Liébana irradiara...
Madre del otro Pelayo
que con Pereda te aclama,
Madre de Juan de la Cosa
que en Santa María llevara
tu maternidad a América
tras ser la Madre de España.
Tierra brava, tierra noble,
tierra de Mar y Montaña,
tierra puerto, tierra puerta,
tierra Madre, santa y sabia.
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